Me preocupa el futuro de la democracia en América Latina. Hace cuatro años que enseño un curso de política latinoamericana y paso gran parte de este tratando de convencer a los estudiantes de los beneficios de vivir en democracia. Me parece absurdo, pero al comenzar siempre encuentro un grupo de latinoamericanos que me indica de manera vehemente que en sus países, lo que hay, no es democracia. Si bien no son todos, sí suponen un número significativo. Lo interesante es ver la cara de sorpresa de los otros alumnos, europeos o asiáticos, al escuchar los argumentos que ellos presentan. Y no es para menos. Una de las condiciones necesarias para que una democracia perdure es que sus ciudadanos piensen que es el mejor sistema (o el menos malo) para la convivencia social. El hecho de que no crean en ella es una alarma importante respecto a su permanencia como tal.
Es cierto que en América Latina (y en otros contextos) vivir bajo reglas y prácticas democráticas resulta algo nuevo. Entre 1978 y 1990, 15 países viajaron desde regímenes no democráticos a otros más abiertos. En esos regímenes autoritarios, la gente tenía miedo de defender lo que creía importante; el Estado atentaba contra ellos y se mataba sólo por sospechar que alguien pensaba distinto del gobernante de turno. Durante algunos años, muchas verdades fueron -en realidad- mentiras. Sí, hay que decirlo, en esas dictaduras cívico-militares unos cuantos optaron por la pasividad, el “no te metás” y el silencio. Mientras unos morían; otros, simplemente, callaban.
En un momento dado, gobiernos elegidos en las urnas volvieron a controlar el poder político. La ilusión democrática de esos primeros años alcanzaba todos los aspectos de la vida. Se esperaba que la democracia resolviera los problemas básicos de la gente y, principalmente, que cada uno pudiera ser, sentir y hacer lo que quisiera, sin que nadie se creyera con derecho a reprimirlo o eliminarlo. Bajo este supuesto, la democracia era una idea posible y el entusiasmo ciudadano hacía prever su perdurabilidad, sobre todo al comprender que éste era el régimen alternativo a una forma de dominación que atentaba contra la vida misma. Los ciudadanos creían en ella. No había de qué preocuparse.
Hoy, los estudiantes –como muchos otros- están desencantados con la democracia. Esta no trajo consigo pan, techo y trabajo y, bajo su nombre, se aceptaron actitudes y comportamientos que contradecían su naturaleza. Los ciudadanos recibieron, tras los ajustes económicos, menos ingresos y más exclusión social. Y también autoritarismo. Todo ello bajo un “paraguas” democrático. Y culparon de ello a la democracia. Esperaban más de lo que ella podía darles, ya que la democracia funciona como un marco de reglas y procedimientos que ayuda a que los ciudadanos elijan a quienes les gobiernan. Nos puede gustar más o menos pero la democracia como tal supone sólo esas reglas de juego. Y es esa posición tímida, incluso conservadora, la que permitió el desarrollo de más de veinte años de vida democrática en América Latina, el período más extenso de estabilidad política de la región.
Aún así, me niego a creer que debamos conformarnos con eso y que la democracia sólo deba suponer unas reglas de juego, sin ningún contenido. La democracia debe proporcionar no sólo derechos políticos sino también garantías económicas y sociales. Comprendo las exigencias de los estudiantes. Tenemos un escenario pero nos falta mucho de su contenido. Estamos ante democracias sin ciudadanos. Mis sobrinos ya lo saben. Conocen cuál es su tarea. Controlar a sus gobernantes, aceptar al que piensa distinto, integrar al que es diferente, aceptar los resultados y hacerlos valer. Pero también exigir derechos sociales y económicos. Ellos entienden lo que eso significa y lo que está en juego, y por eso ya son pequeños demócratas.
Publicado en Tribuna de Salamanca el 20 de diciembre de 2004.