jueves, 9 de febrero de 2006

¡Dios no se dibuja!

Sería un error esperar demasiado de cualquier gobierno, incluso de un gobierno democrático. La democracia no garantiza que los ciudadanos sean felices, ricos, pacíficos, justos e inteligentes. La democracia es un procedimiento que ayuda a que los ciudadanos tomen decisiones, a que elijan a quienes las tomarán por ellos y a que controlen a los que resulten elegidos, castigándoles o premiándoles, en cada elección. Ni más, ni menos. Esto es factible de hacer porque en democracia están garantizados los derechos más básicos: el de asociarse libremente, el de poder presentarse como candidatos, el de competir y expresar nuestras opiniones y preferencias. Esto es una democracia y no otra cosa.

Es cierto que la democracia no es perfecta pero, al menos, es el sistema menos malo entre todos los demás. Es el que mejor defiende los intereses de la mayoría, al mismo tiempo que protege los intereses del individuo; donde los límites y las sanciones son claras, no sujetas a la voluntad de un líder, sultán o dictador, sino basadas en lo que señalan las leyes y lo que marca el Estado de Derecho. La democracia es el mejor antídoto ante la tiranía, los exabruptos de líderes carismáticos que manipulan en función de sus intereses mesiánicos, la violencia de los extremismos, la sinrazón de los que no escuchan razones y la intolerancia de los radicales.

En esto pensaba el fin de semana cuando revisaba un libro del politólogo norteamericano Robert Dahl sobre qué es (y qué no es) la democracia. Estaba terminando de preparar mi clase de Procesos de Cambio Político, que doy en la Licenciatura en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca, y replanteaba mis propios argumentos al ver cómo en diferentes partes del mundo, líderes fundamentalistas movilizaban a grupos de seguidores en contra de quienes habían dibujado caricaturas del profeta Mahoma. El Islam prohíbe retratar a Mahoma por considerar que la representación humana puede llevar a la idolatría y los musulmanes consideran una blasfemia caricaturizar al profeta

La ira de estos sectores musulmanes tras la publicación de las caricaturas se tradujo en ataques a las embajadas e intereses occidentales (en particular, daneses y noruegos) en Líbano, Afganistán, Pakistán, los territorios palestinos, Somalia, Indonesia, Irán, Siria y otros países de Oriente Próximo y Asia. La violencia incluso ya ha causado muertos y una fuerte campaña mediática que hace reflexionar sobre la naturaleza misma de este conflicto, que alguno denominó hace algunos años como “Choque de civilizaciones”, así como también sobre el propio funcionamiento de las democracias occidentales.

Los argumentos de quienes publicaron las viñetas se corresponden al espíritu democrático más liberal: existe libertad de expresión y no hay razón para pedir disculpas ni para evitar su publicación. Hacerlo sería autoncensura y violentaría uno de los derechos principales de la democracia. La respuesta inicial (luego pidieron disculpas) del principal periódico de derecha danés, Jyllands-Posten, fue rotunda: “Hacemos sátiras sobre Jesús, la familia real, los políticos. No satirizar a los musulmanes sería mostrar prejuicios”. Un razonamiento legítimo, real, pero a la vez ingenuo, intolerante y poco prudente, sobretodo si se da en un escenario de conflictividad creciente como el actual. Una idea estrictamente europea, que viaja mal a otros contextos. Y esto no significa que justifique la violencia, ni mucho menos.

Lo que me pregunto es si debería (o no) existir un límite en el ejercicio de esa libertad de prensa. Nadie puede (ni debe) ponerle una mordaza a un periodista. Éste es el que mejor puede autolimitarse. La ética y responsabilidad del periodista son sus mejores armas. Es cierto que debe existir un límite pero también es cierto que cada uno, en el manejo de su libertad, debe ser el que establezca la frontera, velando por los derechos de la mayoría. Ni gobiernos, asociaciones de periodistas o academias pueden establecer ese límite. Nadie puede prohibir publicar unas caricaturas ni el contenido de las mismas.

Pero, ¿qué ocurre si una minoría se ve violentada por ese derecho de la mayoría? ¿En qué medida el todo puede estar por encima de una parte? ¿Hasta qué punto se pueden ofender las creencias de los demás en beneficio de los derechos de los otros o del propio ejercicio de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto el derecho a la blasfemia está garantizado (o tiene que estarlo) en las democracias occidentales? Tengo dudas sobre ello. Me da la impresión de que las respuestas no son únicas, que existen matices y experiencias diversas. Aún así, sólo se me ocurre que, frente al delirio, la violencia y el extremismo, todos tenemos que hacer el esfuerzo para comprender más allá de los estereotipos y la ignorancia que viene de uno y otro lado.

Las caricaturas han sido una falta de respeto a las creencias del mundo musulmán. Es más, son perversas, estúpidas e innecesarias. Y da igual a quién o a qué se haya dibujado. El entendimiento comienza por el respeto mutuo. No hay que hacerle el juego a los extremistas, sean de la religión que sean y defiendan lo que defiendan. No hay que encender mechas que luego generen incendios. Y se debe ser respetuoso con lo que los otros creen si es que queremos respeto hacia nuestras ideas. Como señala el politólogo francés Samir Näir, es el diálogo y la tolerancia lo que van a generar una mayor comprensión entre las culturas. Y frente a la sinrazón y la violencia, nuestra respuesta tiene que ser más diálogo y más respeto.

La solución no es imponer la visión de uno por encima de la de los demás. Un demócrata no puede imponer sus ideas a los otros. Por el contrario, nuestra mayor riqueza es, precisamente, el entendimiento de lo diferente. La tolerancia, el saber escuchar y el reconocimiento al otro tienen que ser el instrumento que acerque culturas y pueblos. Hay que tender puentes entre todas las culturas. Hay que hacer esfuerzos y continuar buscando en el mundo árabe interlocutores confiables y moderados que puedan contribuir en el entendimiento mutuo. Todos nos estamos jugando mucho como para no hacer nada.

Publicado en Tribuna de Salamanca el 10 de febrero de 2006.